Un turista europeo por el espacio y la escultura pública de Miami (Primera Parte)

Cuán diferentes resultan estas calles a las de su ciudad europea donde, como observa Le Corbussier: “La calle es una trinchera, una grieta profunda, un pasillo estrecho. Las paredes se levantan a dos codos de distancia; el corazón se siente oprimido, a pesar de haber vivido así hace miles de años”.

 

Cualquier acercamiento al complicado problema del espacio y escultura pública al aire libre en Miami, que avance en soluciones satisfactorias para enriquecer el habitar de los ciudadanos y, también de la ciudad misma, debe preguntarse primero:  ¿Cómo se presenta y consume el espacio y la escultura pública dentro de un tejido urbanístico desestructurado, cuya escasa vertebración afecta, no solo la potencialidad del espacio y la escultura pública, sino también los resortes socioculturales de comunicación entre la ciudad y los ciudadanos? 

 Imaginemos una situación para pulsar esta problemática. Pensemos, por un momento, que somos uno de los innumerables turistas europeos, que cada año llegan a Miami. Desde el avión, en lugar de una urbe como suelen ser las europeas, con hipersaturación urbanística y arquitectónica en su centro y sucesivos círculos periféricos, nuestro turista verá mientras buscaba ansiosamente el tipo de ciudad en la que se reconoce, una especie de jardín gigante salpicado por construcciones. Del mismo modo verá un área paisajística esplendida, donde se entremezclan canales, ríos y playas, lagos y edificaciones, aunque siguiendo unos criterios de ordenamiento arquitectónico y urbanístico que son, para su gusto, un tanto disparatado. Y conforme baje la altura apreciará  largos caminos elevados del Metro Rail, así como los elevados de las autopistas, surcando sobre el techo de vegetación exuberante de la ciudad, formando un amasijo de hormigón, hierro y naturaleza que se torna sobrecogedor para nuestro observador.

Nuestro turista, a pie de calle, experimentará una sensación extraña. Por una parte, disfrutará la vegetación frondosa en tierra llana, el aire limpio, los céspedes impecables que le invitarán a pasear por las calles de la ciudad. “¡Qué maravilla!”, exclamará cuando camine por las amplias alamedas de Coral Gables mirando a izquierda y derecha la floresta verde con el olor fresco a planta invadiendo sus sentidos. Cuán diferente resultan estas calles a la de su ciudad europea donde, como observa Le Corbussier: “La calle es una trinchera, una grieta profunda, un pasillo estrecho. Las paredes se levantan a dos codos de distancia; el corazón se siente oprimido, a pesar de haber vivido así hace miles de años”.
 Por la otra, de pronto comprobará que es el único que camina por aceras desiertas y lo tendrá difícil cuando quiera cruzar la calle. Encontrará que estas parecen autopistas y el concepto de peatón está completamente eclipsado por el de coche. Percibirá que el enjambre de vías elevadas ha creado, debajo de ellas mismas, otro enjambre de “espacios muertos”, espacios de función indeterminada. Espacios que, despojados de una significación arquitectónica o urbanística propia, adquiere con mucha frecuencia un aspecto sórdido, una apariencia de algo anodino y desperdiciado.

Flanqueando un aparcamiento inmenso sin peatonalizar, el turista está a punto de ser atropellado, camino al establecimiento de comida (más) rápida. Refrescado, buscará el autobús, pero la espera bajo el sol es un suplicio, así que cogerá un taxi y desistirá de pasear la ciudad, como tanto le habría gustado.

En paseos diurnos y nocturnos encontrará que, placer y trabajo tienen su momento y lugar, que dormir y divertirse, pasear y comer, tienen los suyos; y que no tienen porque estar contiguos, ni en la misma calle ni tampoco en el mismo barrio. Todas las actividades humanas se presentan encapsuladas en sus espacios, sin vasos comunicantes entre ellas. Hasta el puerto, que en su ciudad sube por las calles en un hervidero de comercios,  oficinas y puticlub, restaurantes y discotecas aquí esta descolgado del pulso, de los flujos de la urbe, como un islote aséptico y solitario. Como si la ciudad hubiese soltado amarras para evitar la promiscuidad entre espacio propia de estos lugares. Si el peatón, el ciudadano en la calle de la ciudad europea de Le Courbussier se siente oprimido, se percibe agobiado nuestro turista viandante en Miami se siente desolado, ansioso de sociabilidad y comunicación propios de su ciudad. Nuestro turista siente como Michel Foucault “que es posible que nuestras vidas estén dominada por un número de oposiciones intangibles, a las que la institución y la práctica aún no han osado acometer, oposiciones que admitimos como cosas naturales por ejemplo, las relativas al espacio público y al espacio privado, espacio familiar y espacio social, espacio cultural y espacio productivo, espacio de recreo y espacio laboral, espacios todos informados por una sorda sacralización”     

Volviendo al principio. ¿De qué tipo de espacio público estamos hablando en una ciudad como Miami y cómo inscribir en el, prácticas de la escultura pública de manera que enriquezca la calidad de vida del ciudadano y la calidad de la ciudad misma? Las calles o la plaza pública, por ejemplo, elementos esenciales, para la sociedad (y la sociabilidad), como foro legitimo para la expresión pública, salvo raras excepciones, parecen negadas a esta función. Son absolutamente indiferentes a este uso, por tanto han perdido este sentido público. 

 

Fotografías y cortesía de imagen: Flor M. Mayoral. www. mayoralphotography.com