Capitulo II. Arte, Política Cultural y Totalitarismo. Antonia Eiriz.

En el post anterior, a propósito de la relación entre  Arte, Política Cultural y Totalitarismo, reflexionaba a partir de la obra de Hamlet Lavastida. En este, lo hacemos desde la obra de Antonia Eiriz donde se abordan, también, las tensas relaciones entre la vanguardia artística de la la revolución y su vanguardia política ideológica.

“Antonia Eiriz. Réquiem por el Individuo Frente al Totalitarismo

Versión del texto publicado en El Nuevo Herald (29-09-2013),  por Dennys Matos

 

A Painter and Her Audience  exhibida en MDC Museum of Art + Design, Freedom Tower del Miami Dade College, es una muy completa muestra sobre la artista Antonia Eiriz (La Habana, 1926 - Miami, 1995), una de las pintoras de mayor personalidad en el escenario de las artes visuales cubanas posrevolucionarias. La exposición, curada por Michelle Weinberg, recorre más de 30 años en la trayectoria artística de la autora. Está compuesta fundamentalmente por pinturas de gran formato en óleo sobre lienzo, técnicas mixtas y dibujos, que van desde 1959 hasta 1995, año de su muerte.

Varias de las obras realizadas en la década de 1960, como Aquelarre (1960) o La procesión (1963) dan pistas sobre el empleo y relación de elementos gráficos y pictóricos en el trabajo de Eiriz. Un ejemplo de ello es su portada para Babbitt, novela del premio Nobel norteamericano Arthur Sinclair Lewis publicada por Editorial Nacional de Cultura (La Habana, 1965). Aquí, como en las obras antes mencionadas, destaca la fusión de la pintura con recursos de la gráfica para representar esas figuras planas, de aspecto humano pero grotesco como punto siniestro de la imagen que, en lo adelante, tanto distinguiría la obra de Eiriz. A Painter and Her Audience está atravesada por una postura que hace suya las oposiciones formales de lenguajes. Las imágenes avanzan contraponiendo, de una parte, elementos de pintura figurativa, de la otra, recursos del informalismo y la expresión abstracta (por ejemplo, Aquelarre y La procesión). Y oposiciones hay también en el aspecto discursivo porque toda su obra, de manera acentuada (y obsesiva), parece desgarrarse en el dilema que opone a individuo y sociedad. O dicho de una manera más contextual, entre el individuo y la masa como manifestación del totalitarismo (de izquierda) castrista. Sus figuras antropomórficas (Entre líneas, 1993), como mutiladas de seres que no han llegado a ser –y que tampoco lo serán–, recuerdan las obras art brut de Jean Dubuffet, inspiradas en dibujos (Outsider) de los presos o enfermos psiquiátricos. Pero también hay la angustia profunda de los rostros y personajes de un Antonio Saura que, en los años 1960, contestaba a otro totalitarismo (de derechas): el franquismo. 

Las obras de Eiriz son la expresión de un espíritu atrapado en una especie de decepción inconsolable entre, de una parte, la luna de miel de los intelectuales y la revolución entendida como proyecto utópico que traía al país, según Castro, “una suma de libertades”. De la otra, una derivación de esa utopía revolucionaria hacia el estado totalitario, cuya consolidación tiene un punto de inflexión en octubre de 1965, cuando Fidel Castro presenta el Comité Central del “nuevo” Partido Comunista, en el que se legitima la opción totalitaria. O dicho de otra manera, se finiquita definitivamente la opción democrática del nuevo estado surgido de la revolución. La sociedad civil se ve cada vez más anulada porque el estado totalitario obliga a sus ciudadanos a que se identifiquen sin reserva con su programa. Por lo que el espacio público queda también anulado y deja de ser una tribuna de diálogo crítico entre el intelectual y la sociedad. La imagen recurrente en las obra de Eiriz de rostros marcados por la anunciación de un grito que nunca parece acabar es una metáfora de este silenciamiento. También lo son claramente el cierre de las ediciones independientes El puente y la creación de los campos de trabajos forzados de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), ese mismo año. El estado totalitario es insaciable con la libertad, y, además del espacio público, ocupa la cotidianeidad, el espacio privado y casi hasta la intimidad. Por lo que no es casual que por estos años, junto con las pinturas de Eiriz aparezcan obras que también muestren, a través de sus personajes, el conflicto, la riqueza y contrariedad de las fuerzas desatadas por la revolución. Como, por ejemplo, la novela Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, y la pieza teatral La noche de los asesinos, de José Triana, curiosamente, ambas de 1965. A Painter and Her Audience viene a ser una especie de réquiem sobrecogedor sobre. Una individualidad que rechaza desesperadamente las condiciones que impone el poder del estado totalitario.

Cortesía de imagen: MDC Museum of Art + Design, Freedom Tower del Miami Dade College