Gustavo Acosta. Buscando mi ciudad

Texto aparecido en el catálogo de la exposición Gustavo AcostaEspacio de Silencio, Caixa Cultural, Rio de Janeiro. Pags 14-17. Publicado por Dennys Matos.

I-                    Una mirada  sobre la ciudad.

La obra de Gustavo Acosta forma parte del núcleo poético y discursivo de lo que hoy, tanto en el circuito del arte contemporáneo actual como el de la crítica artística internacional, ha dado en llamarse“La joven plástica cubana de los ochenta”. Es la primera generación de artistas cuya formación transcurre posterior al triunfo de la Revolución.  Por tanto será una generación educada, dentro de la tradición de un pensamiento crítico revolucionario. Una generación educada dentro de una actitud reflexiva hacia la cultura, el arte y la sociedad marcada, además, por los ecos del marxismo y, sobre todo, ilusionada por el proyecto utópico político-cultural de la revolución cubana.

Cuando discurrimos por esta retrospectiva de Gustavo Acosta, puesto que abarca más de veinte años de trabajo destaca, de un lado, la consistencia discursiva, manifiesta en el tropo de la ciudad que atraviesa toda su obra. Del otro, la solidez poética, donde un control preciso de los capitales simbólicos del dibujo y la pintura construyen una expresión distintiva dentro de su generación. Desde el punto de vista poético percibimos la permanente intención de construir una mirada paisajística. Una mirada que se afinca fundamentalmente en los códigos del lenguaje de la neo figuración pictórica, pero donde también se articula la combinación de elementos neo expresionistas (más en el dibujo que en la pintura). De esta sintaxis pictórica emerge un estilo abigarrado donde las pinceladas unas veces se expanden y otras saturan el espacio pictórico. Y lo hace de tal manera que veamos las obras planas y con profundidad a la vez. Que percibamos sus referencias espacio temporales sobre las ciudades como ficticias, literarias, pero también como situaciones reales en clave autobiográficas  verdaderas, que la sintamos diáfanas y a la vez convulsas. 

Hay en las obras de principio de los noventa, momentos de una narración exaltada que nos deja en suspense. Son atmósferas enigmáticas, misteriosas con guiños pictóricos al neo romanticismo donde, en muchas oportunidades, los colores oscuros de textura terrosa  se imponen a las formas con cierto eco a las pinturas sobre ciudades y construcciones de un Anselm Kiefer. Existe, desde luego, en la obra de Acosta, similar a como ocurre en las pinturas del artista alemán, una relación cercana con la historia. Porque toma la ciudad, su arquitectura, sus lugares y en general el mundo que entre sí construyen estos elementos, como laboratorio imaginario, como inmenso archivo de imágenes para relacionar historia social y arquitectura con historia personal. En otras palabras, toma la arquitectura y la urbanidad como espacios que llevan inscrito, al decir de Walter Benjamín, la historia material del hombre, de su cultura y sociedad.

Hay una curiosa intercepción de dos aspectos discursivos fundamentales en toda la obra de este autor. Aquella donde se entrecruzan, por una parte, la necesidad imperiosa del autor de reflexionar sobre el espesor ideo estético de estas ciudades. Por la otra, una pulsión de un relato en clave autobiográfica que está respondiendo constantemente a la pregunta de cómo verse en estas ciudades, cómo vivir o habitar en ellas. Es en ese punto, en esa posición donde se construye la mirada artística en la obra de Gustavo Acosta. 

Construir una mirada en Acosta, es sustraer de la representación pictórica al sujeto, borrar supresencia, como ocurre en la mayoría de sus obras, para descargar toda la potencia simbólica sobre los objetos que, en este autor, es una omnipresencia rotunda de la ciudad, de sus espacios arquitectónicos y urbanísticos, del aura narrativa de un sujeto voyeur . Por lo que es cierto en toda su trayectoria una omnipresencia del objeto-ciudad, unas veces vistas a vuelo de pájaro (sobre todo en las últimas obras), otras a pie de calle en sus infinitos pasajes. Pero también del mimo modo es cierto que detrás de ello, percibimos una omnipresencia implícita del sujeto. Por ejemplo, en el sentido autoconsciente de  encuadrar las escenas, en el modo de seleccionar esos sitios y parajes de la ciudad, o en la manera tan distintiva de emplear los tonos “oscuros” de la luz. Porque, aunque este sujeto haya sido escamoteado de la representación, su mirada, sin embargo, nos lleva hacia el interior o el exterior, hacia el día o la noche. Su mirada – y de eso se trata aquí- asume las tinieblas del mismo modo que convoca la claridad. Es un sujeto cuya mirada escudriña los claroscuros para destacarnos una farola, los intercisos de una calle, las sombras de un edificio o de una plaza cualquiera. Es una mirada que a lo largo de toda la exposición interroga, más que responde, sobre lo qué es sentirse como parte, o no, de un habitar. Habitaresque pueden estar situado en lugares tan disimiles como La Habana o Berlín, Madrid o Miami.  

I-                     Entre historia y utopía

El discurso crítico sobre la ciudad que plantea la obra de Gustavo Acosta comenzó siendo –es importante tenerlo en cuenta- un discurso cuya referencias tropológicas están inspiradas en La Habana. En este sentido, se debe señalar que unos de los discursos más importantes de legitimación política cultural del proyecto utópico revolucionario cubano, tiene como enunciado la revolución asediada por fuerzasexternas. En otras palabras, una revolución a la que se está intentando destruir, pero que resiste a este destino. El correlato de este enunciado fue trasladándose a la ciudad  asediada. A una ciudad –y un país- que siempre a “punto de ser invadida”, pronto se vio marcada por trincheras y túneles. Una ciudad siempre a punto de ser bombardeada. Una urbe espartana que, permanentemente, mantenía a la sociedad civil envueltas en maniobras simulando combates contra un enemigo invisible. Por tanto podemos decir que, en este contexto, el artista está creando dentro de una realidad que va a ser destruida. Y cuando se observan obras sobre la ciudad de finales de los ochenta y principio de los noventa, da la sensación de que este conflicto se ha introducido en la mirada de Acosta. La mirada hacia esta ciudad no es precisamente una mirada diáfana, más bien todo lo contrario, es una mirada que esta nublada. Una visualidad acentuada por colores oscuros, por las atmósferas saturadas.

 Resulta sintomático que la mirada de Acosta apunte hacia un patrimonio arquitectónico y artístico que no fue creado por el proyecto utópico revolucionario. Un patrimonio que la revolución, en una actitud de escandalosa desidia, ha dejado caer a pedazos. Por lo que estas obras pueden ser leídas también como una reivindicación de este patrimonio, de esta arquitectura que la revolución debió cuidar como una herencia valiosísimas para las futuras generaciones. Son premonitorias estas obras que, en aquellos momentos, ya estaban intentando trasladar esta problemática desde un marco artístico intelectual hacia un debate en el espacio público. Y son premonitorias también porque si bien es cierto que la ciudad nunca ha sido invadida, nunca fue bombardeada, también lo es que ahora sí tiene este aspecto. Está plagada de cascotes y derrumbes como si realmente hubiese sido bombardeada. En este sentido la obra de Gustavo Acosta, puede considerarse un antecedente del discurso que interpreta las ruinas de la ciudad como metáfora para pensar la utopía fracasada del proyecto revolucionario. Es un discurso desarrollado luego por la generación de los noventa, sobre todo, en una obra como, por ejemplo, la de Carlos Garaicoa. En Acosta ya está latente este discurso pero en él, la visión sobre la ciudad adquiere todavía un tono reivindicativo, un llamado de atención hacia la riqueza de un patrimonio del que, desafortunadamente, queda ya muy poco. En la generación posterior la visión de la ciudad ya es cínica, no hay ni soplo neorromántico como sí tiene la de Acosta. Si hay que reflexionar sobre la ciudad sobre su deterioro, sobre su abandono, las ruinas emergen entonces como una metáfora del fracaso, como las promesas no cumplidas de proyecto utópico de la revolución. La obra de Gustavo Acosta ya había iniciado un acercamiento hacia esta problemática, que posteriormente se ha convertido en un riquísimo dominio discursivo para la reflexión sobre el arte y la cultura cubana postcomunista.

Todas las imágenes por cortesía del artista