El futuro pertenece por entero al socialismo. Capítulo I *

Por: Dennys Matos

» «El futuro pertenece por entero al socialismo», rezaba un lema que acompañaba mi juventud. Lo vivía con mezcla de euforia y exaltación heroica, como heroico percibía el hecho de vivir para el futuro. Ahora lo veo como una ingenuidad, como una borrachera romántica casi enfermiza. Pero en aquel entonces me ilusionaba la idea de que un deseo, una acción del presente serviría para entregarse al futuro. Era una especie de eternidad en el instante. Sin embargo, aquella extraña sensación fue para mí un privilegio, porque el futuro estaba a la puerta de la esquina y nadie lo tenía más cerca para visitarlo. Vivir y hacer cosas para el presente era un mérito, pero saber que tu energía creaba el futuro era la gloria. Era maravilloso verte rodeado, sentirte parte del sueño y la esperanza de millones de gente. ¿Puede haber acaso una promesa más reconfortante para el espíritu? Así lo sentía, el presente era una verdadera e impostergable gloria de futuro que no debía desaprovechar, por muy extraño o incomprensible que percibiera las metas que me habían trazado para lograrlo.

«El futuro pertenece por entero al socialismo» y me sentía orgulloso de ir cuarenta y cinco días a trabajar en la agricultura cada año durante seis años. Dos veces fui a campamentos en campos fuera de La Habana para recoger maní y otra para recoger café. A Pinar del Río fui cuatro años a trabajar en el tabaco, en la siembra, abono y recogida del más criollo de los productos. Era importante para la Revolución, al menos eso repetía la televisión incesantemente, hacer un esfuerzo decisivo y convertirnos en el mayor exportador de tabaco del mundo y vender en divisas, porque nuestro desarrollo industrial socialista lo necesitaba. En un abrir y cerrar de ojos nos convertimos en potencia agrícola, deportiva, médica y por supuesto cultural. Así que nos daban el «deee pieee» a las seis y media de la mañana. El jefe de albergue entraba dando patadas a una lata grande que, por vacía, chirriaba atrozmente en el centro del pasillo. Detrás venían los jefes de brigadas removiendo las literas y tocando con una lata y un palo en los oídos de los más remolones. Desayunábamos panecillos suaves, a veces con mantequilla y leche en polvo soviética que, la mayoría de las veces, se les había quemado a otros alumnos de servicio. Luego se reunían todas las brigadas en el patio del campamento con los atuendos de trabajo y después, antes de la formación, saludar a las muchachas con un beso en el cachete cálido era un buen premio. Cada jefe de brigada hacía un balance productivo del día anterior y leía los objetivos que debían cumplirse ese día. Sin pérdida de tiempo, cada brigada, frente a la dirección del campamento, recitaba su lema y salía en formación hacia el campo. En séptimo grado, con trece años, el lema de mi brigada decía: «Sólo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie, y nosotros los comunistas seremos como el Che». A las ocho de la mañana entrábamos al surco.

«El futuro pertenece por entero al socialismo» y por eso en el año ochenta salimos de la escuela para hacer actos de repudio a los «gusanos» que abandonaban la patria por el Puerto del Mariel hacia Miami. Les tiramos piedras y les gritamos «la escoria que se vaya, que se vaya. Los antisociales que se vayan, que se vayan. Cuba sí, yanquis no». No pocas veces en aquellos seres contrarrevolucionarios reconocí a los amigos con los que jugaba en el barrio a la pelota, y a sus familias que nos recibían con frescos batidos de platanitos después del abrasador partido bajo el sol. A mí me sabían a gloria y ellos eran personas nobles iguales a nosotros. Pero nosotros éramos la primera generación de la Revolución educada en el espíritu marxista-leninista y, según nuestros jefes, estábamos en momentos de definición ideológica. Así que arremetimos contra los «gusanos» con la furia de quien descubre al enemigo infiltrado en su propio campo. ¡A leñazo con los «gusanos»! Había que aplastar a la escoria y en nuestra ayuda llegaron además de los mártires revolucionarios Martí, Camilo y el Che Guevara, las insignias comunistas, Marx, Engels y Lenin. Para entonces en la escuela nos enseñaban a ser fervientemente marxistas. ¿Alguien puede ser tan brillante como Marx en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte? No conocía un examen ideológico, histórico y económico tan despiadadamente certero para encausar un pensamiento crítico y eficaz hacia los ideales revolucionarios. Marx decía allí: «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Y ese era el espíritu crítico de nuestra vanguardia cultural. Debíamos arrasar con todo lo viejo porque a fin de cuentas —como reconocían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista—, el proletariado estaba destinado a ser la única clase históricamente capaz de encarnar una renovación auténtica de la sociedad, la cultura y el arte. «Un fantasma también recorría Cuba». Mis compañeros de secundaria y yo éramos los espectros que regresaban del futuro. «¿El futuro pertenece por entero al socialismo?» pero cada vez estaba más lejos de ser como ellos querían que fuera, cada vez me sentía más fuera del juego. Y no porque me hubiesen desilusionado los ideales de la revolución socialista, la antesala, el umbral del comunismo, según decían nuestros libros, sino porque percibía que éramos nosotros quiénes debíamos desarrollar la Revolución. Éramos nosotros quienes mejor preparados estábamos para realizarla, y no ellos que tenían todos los rezagos ideológicos del pasado y a quienes más pertinazmente veía cometer errores en este sentido. Tuve entonces un convencimiento: Nosotros nunca les relevaríamos en el poder como ellos prometían en sus enseñanzas. Nunca recibiríamos el relevo para hacer la nueva sociedad, a no ser que ellos ya se hubiesen muertos. Pero entonces dejaban de tener sentido los sacrificios del «hombre nuevo», el hombre que, nacido y criado en el presente, donaba su vida al futuro. Así que un buen día me largué de mi prometedora isla, socialista y comunista para aterrizar de lleno en el capitalismo. Yo, queridas buenas conciencias del mundo occidental, como Reinaldo Arenas, también venía del futuro y también traía malas noticias.

«¿El futuro pertenece por entero al socialismo?» y me di cuenta de que las personas y las cosas, aunque humanas, se diferenciaban mucho de mi anterior mundo de vida. Tengo muchas cosas ganadas y otras tantas perdidas pero me sería difícil hacer un balance, aunque si algún día me viera obligado a ello, creo que este se escoraría hacia las cosas ganadas. En este mundo, donde Walt Disney es el tren que marca las paradas imaginativas de la infancia, recuerdo los dibujos animados de la URSS, «Tío Estiopa», «Se puede y no se puede» de la RDA «El hombrecito de arena» o de Checoslovaquia «Los chapuceros» y de tantos otros polacos, búlgaros, rumanos, húngaros y yugoslavos que veía cada mañana antes de salir para clase y que pueblan mis recuerdos de esos años. Sus colores desgastados, las imágenes, a veces como si estuvieran metidas en agua con la burda pedagogía ideológica de los mensajes, resuenan con el ritmo de las traducciones lentas y agradablemente pausadas. Ahora cuando entro a las librerías donde hay todos los libros que uno pueda imaginar, no sé por qué me vienen a la mente los libros soviéticos que repletaban las librerías de La Habana. Las interminables Obras completas de Lenin, de Marx y Engels editados por Mir de Moscú. Pero también recuerdo las cortinas de un finísimo bambú con estampas heroicas del viejo Vietnam que traía mi padre de su trabajo, o los faroles chinos que ya en la adolescencia usábamos en la escuela al campo, llegados en los legendarios sesenta para la alfabetización. Me sorprenden cosas parecidas a las compotas de albaricoques y la leche condensada soviéticas, los jugos de melocotón y ajíes rellenos búlgaros, el coñac de Albania, el vodka de Moscú y los vinos de Moldavia o los pepinillos de la RDA. Son como flashes que llevo por dentro que se descargan cuando menos lo espero por alguna extraña actividad de la realidad, por algún extraño estigma que llevo por dentro. La historia verdadera, la afectiva, la que hacemos con los retazos y restos de la historia, no se ordena de un modo cronológico. La historia es una constelación de imágenes. Nadie supo ver mejor esto que Walter Benjamin: La imagen dialéctica es relámpago. Como una imagen que relampaguea en el ahora de la cognoscibilidad, así hay que captar firmemente lo que ha sido.

«¿El futuro pertenece por entero al socialismo?» y ahora en vez de Marx y Engels leo Vanity Fair y revistas de «tendencias». Me gustan las marcas, sus esplendidos diseños y no me excedo de peso para guardar una imagen solvente pensando en el juego del deseo. En la revolucionaria estela de renovación no puedo dejar de cambiar todo el tiempo, es decir que consumo todo el tiempo y no sé hasta qué punto esto tenga que ver con la mejora de la calidad de vida o con la manipulación por parte del consumismo. Lo que me hace considerar(me) como un posmarxista ¿marxista? Da igual, después de la poshistoria, la posideología o el posarte no nos queda mucho más que comernos la vida tal cual viene, incluyendo el postre, la posvida y el pasaporte, digo yo, a tono con los tiempos que corren. No sé qué televisión me gusta más, todos los hombres pos nos definimos ante la televisión. Me irrita aquella socialista, estúpida y arribista con programas para las masas, adoctrinándolas sobre una falaz revolución marxista, con lenguaje para una epopeya de autómatas. Pero del mismo modo no soporto la insulsa información de los telediarios, detesto las tartuferías que invaden cretinamente los espacios de sucesos, del corazón, las crónicas sociales IN que embrutecen, cromañonizan(do) los gustos de las masas para luego decir que eso es lo que ellas piden. ¿Es verdad que esto es lo que ellas piden? Pero del mismo modo me pregunto: ¿Qué sería el mundo sin publicidad? Estoy seguro que sería muy aburrido, puede que hasta tedioso. Parafraseando a Iván de la Nuez, me siento como si ya hubiera estado en el futuro y de él he regresado para estar en un presente que a medias, y sin mucho tiempo, también he vivido. La parte que me queda, quizás sea mi única certeza. Sólo las ideologías ya consideradas muertas, como bien sabe Sloterdijk, son las que merecen la atención de los nuevos ciudadanos de la aldea global; sólo es útil para la vida un sistema de valores en el cual no creemos. Mi desencanto es mi única fe, mi única certeza: «El futuro pertenece por entero al socialismo».

* Capítulo I del libro Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo.