Sadra Ramos a propósito de la exp Déjá Vu en Pan American Art Projects, Miami

Texto aparecido en a Rev Art Nexus, 109, 2018 pags, 84-5. Version bilingue español-ingles 

La obra de Sandra Ramos emerge en el panorama de las artes visuales cubanas de principio de la década de 1990, en momentos en que el proyecto revolucionario se encuentra ya en franca crisis. Es una obra en clave poética figurativa que en esos años se distinguía porque, entre otras cosas, hablaba como pocas, con acento en la primera persona.  Articulando un discurso que participa, por un lado, del componente autobiográfico intelectual, manifiesto en la recurrencia a episodios de la vida de la artista. Por el otro, comparte visiones sobre los caracteres identitarios del Ser insular asociado a las circunstancias de estar rodeado de agua y las consecuencias de ello en la historia socio cultural cubana. La isla como paraíso en el que florece la sensualidad y una forma especial de relacionarse el habitar con el medio natural. La isla como sueño y utopía del mejor de los mundos posibles, pero también la insularidad como aislamiento, como barrera física que excluye y hace incompleta las potencialidades del ser. Todas estas preocupaciones, son trenzadas para crear una constelación simbólica entre individualidad y socialización revolucionaria, entre cuerpo y deseo, entre cultura y naturaleza que hace de la obra de Sandra Ramos una de las más singulares de su generación, junto a otras creadoras como, por ejemplo, Belkís Ayón y Aimée García.

En 1993, año en que egresa del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, Sandra Ramos produce una serie de calcografía donde se afianza, de una parte, su poética figurativa de tintes expresivos neo pop. De la otra, el capital simbólico, la iconografía que caracterizará la visualidad de su trayectoria (La isla, el mar, la bandera, el avión, las palma, el azul y su propio cuerpo). En este grupo de obras aborda su educación revolucionaria recreando episodios de sensibilidad personales, como por ejemplo en Maribel, Wendy, Alejandro o Seremos como el Che, entre otras. Pero estas obras también se adentran en una reflexión en torno al aislamiento cultural, espiritual y material de un ser educado para el futuro de la utopía social comunista. De ello hablan obras como entre otras, Bajo el hechizo de la palma, La maldita circunstancias del agua por todas partes, Con mi cruz acuesta, o El sueño del profeta. Ambos grupos de obras articulan un relato en primera persona, una especie de historia biográfica teñida por las pulsiones individuales de la artista. Un relato que habla de la educación sentimental de generaciones de jóvenes (encarnada en la suya propia), criadas en los valores de una revolución que, irremediablemente, se ha desmoronado. Es esa la sensibilidad, con sabor de decepción, que transmiten también las obras de 1994. El mismo año de la Crisis de los Balseros, cuando miles de cubanos se lanzan al mar con la meta de llegar a Estados Unidos y así cumplir el sueño de una vida mejor. Una vida mejor que la utopía comunista revolucionaria había prometido pero que, sin embargo, no había sido capaz de cumplir.

Desde aquellas imágenes hasta las que hoy vemos en Déjà Vu, curada por Alejandro Machado, la más reciente muestra de Sandra Ramos, han pasado más de dos décadas y desde luego muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, la artista ha experimentado la emigración fijando residencia en Estados Unidos. País con el que Cuba ha restablecido relaciones después de más 50 años de Guerra Fría. Por lo que los habitantes de la isla pueden viajar libremente al antiguo enemigo, sin las restricciones y limitaciones de antaño. Todos estos cambios, esta nueva situación y el correlato de sensibilidad que comporta se abre paso en esta exposición. Y se abren paso desplegando todos los medios artísticos con los que ha trabajado desde sus inicios como, entre otros, grabados, pintura, video, fotografía, instalación, y objetos. Destaca aquí el pulso a la realidad más inmediata, desplegada en una especie de crónica de cometario crítico socio cultural. Algo apreciable en series como, Trumpito. (Homage to Thomas Nast), 2017, o en Power ball, 2016. En la primera, Ramos a través de una serie de imágenes en técnica mixta y lenguaje figurativo, recupera la sátira y el humor del artista Thomas Nast. Y lo hace para ironizar sobre el mandatario Donald Trump cuyas posiciones frente al fenómeno de la emigración, el machismo, la exclusión de las minorías, o la manipulación, revelan la debilidad del sistema democrático frente a las andanadas de los totalitarismos y el populismo más grotesco en el siglo XXI. Al mismo tiempo, hace un guiño al personaje El Bobo, de Eduardo Abela, que fue un ícono recurrente en muchas de las obras de Sandra Ramos en la década de 1990.  Un tono similar es el que rige la visión de Power ball con otros mandatarios, en otras circunstancias, pero igualmente referidos, entre otras cosas, a la temeridad que disponen las decisiones del poder. 

Si en estas series, la artista acude al comentario socio cultural, al distanciamiento crítico sobre el medio en que vive, en las series Apocalyptic Cartographies, y Journey, en cambio, tira del archivo personal. Son imágenes que van a lo íntimo, al mundo familiar. Obras en las que aparece un miembro de su familia, con técnicas que combinan fotografías y pintura. Creando un espacio tiempo ambiguo a la percepción, entre la objetividad de la imagen fotográfica y la subjetivad del orden pictórico que la rodea y contiene. El efecto es una atmósfera sensorial que  se mueve entre historia y memoria, entre olvido y recuerdo.  Retomando ese contrapunteo tan característico en toda la obra de Sandra Ramos, entre lo que ha sido como historia social y cultural,  y la percepción de ello a través una visión autobiográfica intelectual.    

Todas las imágenes por cortesía de la artista.   

Dennys Matos